Queríamos tanto a Woody!
hace 2 meses.

Con la cuarta entrega de Toy Story llega el final de una saga que nos robó el corazón. Marca el fin de una era en Pixar, que partir de ahora dice que no hará más segundas ni terceras partes de otros films, pero también es la despedida definitiva de estos entrañables juguetes con un público que creció a la par de ellos.


Cuando Andy, a punto de entrar a la Universidad le pasó sus juguetes a la pequeña Bonnie, todos pensamos que era el final perfecto para la saga. 

El protagonista humano de Toy Story había crecido, como nosotros y como nuestros hijos, que eran unos niños cuando Andy escribió por primera vez su nombre en la bota de Woody. 

Era 1995 y las salas de cine eran casi todas 2D, pero el sonido surround nos parecía la panacea de la modernidad. Esas vacaciones de invierno, se estrenaba una película de dibujos que revolucionaría la industria de las películas infantiles.  Toy Story fue el primer film de la historia que totalmente digitalizado y fue la carta de presentación de Pixar, una compañía que cuando se unió a Disney al año siguiente de convirtió en una verdadera usina de producciones animadas.  El alma mater fue un animador llamado John Lasseter, que había sido despedido por la misma Disney unos años antes y que ya había ganado un Oscar con un corto animado llamado Tin Toy, que muchos consideran una especie de precuela.

Aunque lo verdaderamente revolucionario fue que por primera vez en mucho tiempo, una película de dibujos animados contaba una buena historia. 

La primer Toy Story, que hablaba de generosidad y amistad enseñándole a un Woody engreído y caprichoso lo que significa “ser un amigo fiel”, tenía un ingrediente fundamental: la historia de un astronauta y un cowboy que se volvían contemporáneos, y la fantasía de que los juguetes tienen una vida propia apelaba directamente a los recuerdos de nuestra propia infancia. 

Si a nuestros hijos los divirtió, a nosotros nos robó el corazón. 

Con Toy Story 2 en 2006 y Toy Story 3 en 2010, Pixar rompió con la teoría de que segundas (o terceras) partes nunca fueron buenas. Cada una de ellas superó a su predecesora, en calidad de guión, de técnica, y también en resultados. Hasta ahí, las trilogía acumulaban una recaudación total de taquilla de más de 2 mil millones de dólares, y el final de la tercera edición amenazaba con ser la última de todas. 

 

Y PIXAR LO HIZO DE NUEVO (esta vez, sin Lasseter) 

 


Toy Story 4 se estrenó en Argentina un mes antes de las vacaciones de invierno, y durante la primera semana de exhibición fue casi imposible conseguir entradas. 

Lasseter había anunciado en 2014 que se estaba protectando una cuarta edición de su película emblema. Pero el creador de la saga se vió obligado a dejar la dirección de Pixar hace dos años, en medio de denuncias por violencia de género y racismo, algunas incluso de la coguionista Rashida Jones. La compañía decidió poner al frente de la división animada a una mujer, Jennifer Lee, directora de Frozen y como director a un veterano como Pete Docter, de Intensa mente.  

Un equipo de lujo, con ocho guionistas (entre los que siguen figurando Lassester y Rashida Jones) que esta vez apelaron a la memoria emotiva y la nostalgia.

No es casual. Se considera que cambia una generacción cada 25 años y hay toda una generación de chicos en todo el mundo que creció a la par de Andy. 

Veintcuatro años más tarde, los muñecos vuelven a cobrar vida y (esta vez sí) parece ser la última. Tiene, además, algunos condimentos que acompañan los vientos de cambio.  

Hay nuevos personajes, entre los que sobresalen Forky, un tenedor desechable devenido en muñeco improvisado por Bonnie que juega con la posibilidad hacer juguetes con la basura, o Duke Kaboom, un motociclista con la voz de Keanu Reeves que se roba la pantalla.  Finalmente, reaparece Bo Peep, la pastorcita de porcelana,  pero en un papel de heroína con algunos matices feministas. 

Ahora, la película gira sobre el deber de los “juguetes profesionales” para con sus niños, como una especie de vocación de servicio. Surge la necesidad de “que cada jueguete tenga su niño” y no al revés. 

La dilema de Woody es, entonces, que hacer cuando ya no es el juguete de alguien? Cómo se puede trascender?  Qué hay detrás de la zona de confort? 

El gran final, otra vez, nos dejará con ganas de tomar de la mano a nuestos hijos (y ellos a los suyos) para decirles que todo va a estar bien. 




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