A 25 años del atentado contra la AMIA
hace 3 meses.

La historia de Horacio Neuah, sobreviviente de la masacre perpetrada ante la entidad judía, y el pedido vigente de memoria, verdad y justicia.


La mañana del lunes 18 de julio de 1994 era la típica mañana de invierno porteño: fría y soleada. Y ese arranque de la semana encontraba a Horacio Neuah, junto a su esposa, trabajando en la zona de la calle Pasteur al 600, comprando mercadería, como buenos comerciantes. El destino de Horacio era Casa Susy, en Pasteur 666 y el de su esposa un local en la misma calle, pero esquina Corrientes. Tras terminar sus quehaceres, Horacio comenzó a cargar sus compras en su Peugeot 405, estacionado detrás de una camioneta de reparto de pan, frente al edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ubicado en Pasteur 632. Un saludo cordial con la tía de su esposa y la imagen de la camioneta fueron el momento previo a que pusiera en marcha su auto. El sonido del motor fue el último sonido que escuchó antes de un ¡BOOM! ensordecedor. El atentado contra la AMIA ya había ocurrido. Se trató de uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en Argentina, con un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas. Eran las 9:53 horas.

“Yo cubría a la camioneta, y cuando arranqué la camioneta me cubrió a mí. Y volé con el coche hasta la esquina”, recuerda Horacio. El verbo “volar” no es una hipérbole: el Peugeot se desplazó por el aire. Junto con el vehículo volaban vigas de fierro, postes de teléfono, marquesinas. El coche de Horacio siguió la dirección de la onda expansiva y se infló como un hongo. No obstante, Horacio puso en marcha al auto y llegó hasta la esquina de Viamonte, con la luneta trasera destruida y los demás vidrios astillados. En ese momento un poste le pegó en el techo, por lo que decidió esperar cinco minutos sentado dentro del auto. Volvió a arrancar el auto y salió por Viamonte hacia el lado de la avenida Córdoba. En el medio fue revisado por personal del Hospital de Clínicas: más allá del shock sonoro, lo que más le preocupaba era que no podía respirar bien. El tránsito aún no estaba cortado en la zona del desastre, por lo que llegó a su casa con el auto y el cuerpo maltrechos, pero con vida.

Al llegar a su casa y ponerse a conversar con el portero, Horacio se dio cuenta de que su mujer había quedado en la zona de la AMIA: con el shock se había olvidado de ella, que lo buscaba entre los cadáveres con una lógica total: dado la zona en la que estaba, era imposible que hubiese salido con vida. Horacio fue al local donde había estado su mujer, que salió corriendo a buscarlo y dejó su cartera. La encargada lo reconoció, y él le pidió que le diga que estaba bien y que se reencontrarían en su casa. Tres horas después, el reencuentro fue realidad.

Durante los dos días posteriores al atentado, Horacio se encerró en su cuarto solo, sin encender ni la tele ni la radio. Necesitaba ordenar su cabeza, ya que aún no entendía que había pasado. El tercer día tomó fuerzas y fue a la comisaría de la zona a efectuar una denuncia. Quería brindar su testimonio: él había pasado dos veces por la puerta de la AMIA momentos antes de que explotara. El agente que estaba en la puerta de la seccional le dijo que su testimonio no era necesario, y Horacio explotó. Tiempo después, en los tribunales de Comodoro Py, mientras declaraba ante un secretario del juez Galeano que modificaba sus dichos, tuvo la misma reacción. Horacio había sobrevivido al atentado, pero fue una de las víctimas de la falta de justicia y de la impunidad que maniataron la causa durante un cuarto de siglo.

Recién el año pasado Horacio fue reconocido como uno de los sobrevivientes del atentado. Cuando se le consulta si eso implica una pensión a cargo del Estado, se ríe: “Que me van a dar una pensión: eso sólo significa que existís”. Este reconocimiento hizo que, por primera vez, sea invitado de manera oficial al acto en conmemoración a los veinticinco años del magnicidio: Horacio supo ser parte de la multitud que todos los 18 de julio se junta a las 9:53 de la mañana a recordar la tragedia, pero cuando todo se tiñó de política se alejó de esas reuniones públicas. Y, pese a que elude toda referencia política, al preguntarle su opinión sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman, no duda. “Nisman es una víctima más del atentado contra la AMIA”, afirma, con tono seguro.

“Quien te tenía que defender o asistir no estuvo”, dice Horacio, y su reclamo es más que obvio. A veinticinco años del mayor ataque contra objetivos judíos desde la Segunda Guerra Mundial, el pedido por el atentado contra la AMIA todavía es el mismo: memoria, verdad y justicia. De una vez por todas, que así sea.


 

 

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