Morir de hambre: el mayor fracaso de la Argentina
hace 7 meses.

Siete chicos muertos en un mes. La tala indiscriminada, la falta de agua, y las pésimas políticas en materia de desnutrición infantil. Un crimen, en un país productor de alimentos.


En lo que va del año, en Salta fallecieron 7 chicos por desnutrición y hay (por lo menos) otros 24 internados, aunque circulan cifran mayores. 

La ministra de Salud de la provincia, Josefina Medrano, dijo que "No es de hoy que los niños mueren en esta época del año, todos los años fallecen chicos por desnutrición en esta época". Como si hubiera una temporada para morir. 

 

Es cierto que esta situación no es de hoy, no es de ayer, ni de hace unos meses. Es el resultado de años de abandono y pésimas políticas públicas en materia de desnutrición infantil (primero) y asuntos indígenas (después) .

 

Los chicos muertos pertenecían a las comunidades wichis, que hace tiempo vienen denunciando lo que ellos llaman el “lento genocidio wichi”.

Es un combo de carencias. En la última década, más de 1.200.000 hectáreas fueron taladas y con ellas, despareció el hábitat natural de casi 100 mil habitantes originarios de esos montes. El acceso al agua es una de las más graves falencias: casi inexistente y muchas veces contaminada con agroquímicos para la soja que ganó el terreno del monte. 

Sin agua no se puede sembrar, regar, cosechar. Sin agua, por más fértil que sea la tierra no hay nada. 

 

No hace tanto, en el 2017 murieron por una ola de calor 24 integrantes de esa comunidad. 21 eran menores de dos años

A fines del año pasado, cuando Urtubey dejó el gobierno, su ministra de asuntos indígenas había declarado que habia “161 niños con muy bajo peso, 267 fueron recuperados y  1727 tenían bajo peso”

En el medio de una serie de acusaciones cruzadas entre el actual y el ex gobernador, hay una sola cosa que queda clara. Nadie se ocupó del hambre de los nenes. Ni siquiera parecieron ser acertadas las políticas de Abel Albino durante los útlimos, a quien el entonces gobernador le tercerizó la atención de la desnutrición desde el 2015.

A años luz de cualquier discurso sobre vivienda digna, inclusión, educación y esos “lujos” que parecen solo reservados a chicos de otras latitudes, estos chicos tenían la más básica de sus necesidades completamente insatisfecha.

Que un niño muera de hambre en este país es inadmisible. 

Como dice Cecilia Solá en el texto que transcribimos aca abajo: 

 

HAMBRE

 

Hambre no es ganas de comer un sandwich, ni ponerse de mal humor cuando se pasó la hora de la comida. 

Hambre es otra cosa.  Morirse de hambre, es otra cosa. 

Es largo, doloroso y terrorífico. 

El cuerpo no entiende, pero activa un plan de defensa, que consiste en empezar a comerse la grasa.  Pero no alcanza. 

El hambre sigue. Ese dolor en la panza, que se extiende y se agudiza. Esa sensación de estarse deshaciendo. 

Las células descomponen sus propias proteinas, para alimentar al cerebro. 

El cuerpo espera, mientras la piel se va secando, el pelo se cae, las uñas se quiebran, la respiración se hace difícil. 

Eso se llama catabolismo. Tu cuerpo se come a sí mismo, tratando de sobrevivir. 

Los científicos han comprobado que el cerebro sigue funcionando. Sabe lo que pasa. Ve acercarse a la muerte en esos retorcijones de hambre, en esa irritabilidad, que es desesperación. 

Así se muere de hambre. 

En estas fechas, como dijo la ministra, y en todas las fechas, mientras se pasan la pelota.  Que no es pelota. Es responsabilidad institucional. 

Un niño muerto de hambre no es un carnaval, que sucede siempre en determinada época. 

Un niño muerto de hambre es un crimen de estado. 

Un fracaso social.

Una aberración. 

Ahora, antes y siempre.

 

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