El spoiler visto como el mal de nuestro tiempo
hace 5 meses.

O como quienes adelantan algo de una ficción son tratados como parias en el mundo


Por: Pablo Strozza

“La gente que se suicida no soporta el spoiler de la muerte” (Fabián Casas)

Desde un tiempo a la fecha un mal aqueja a la población mundial que tiene cuentas en las redes sociales: el mal del spoiler. “¡No me cuentes!”, “Spoiler”, son frases que cuentan como insultos para aquellos que, de manera consciente o no, adelantan algún detalle, significativo o no, de una ficción, ya sea literaria o, en el mayor de los casos, televisiva.

El origen de este mal tiene que ver con la proliferación de la televisión on demmand de la mano de Netflix. Esto es ver la tele cuando uno desea, sin la tiranía del horario como sucedía antaño. De ahí que series como House of Cards, para poner un ejemplo, son subidas a la plataforma virtual de a temporadas completas, más allá de que cada capítulo mantenga una intriga final siguiendo la lógica del folletín. Entonces el espectador se transforma en amo y señor de su consumo: puede optar por verla fragmentada o encararla de una sola vez como si fuese libro. Entonces ese consumo es muchas veces desfasado con el de su entorno, y se dan situaciones como las descriptas más arriba.


Nadie puede criticar a quien no desee saber de qué se trata una ficción, como tampoco se puede objetar a quien sí quiera saber. Pero sí se puede estar contra el fanatismo del que quiere llegar “virgen” a ese consumo, como también se pueden desenmascarar ciertas acciones de marketing que digitan que se “puede” conocer de la ficción en cuestión y que no. Una cosa es el pedido de Alfred Hitchcock a sus espectadores en Psicosis de no entrar a la sala con la película empezada. Y otra muy distinta es jugar todo el tiempo con una falsa idea de sorpresa, como ocurre en Avengers: Endgame, para que nadie adelante el contenido del final de una saga, que todos sabemos que posee algo inexorable e irremediable.

Y ahí es donde entran a jugar las reglas internas que tiene cada género, que son inherentes a su clase e inmodificables. Todos saben que en una comedia romántica la pareja en cuestión terminará reconciliada tras el conflicto que se da en el nudo de la película. O que un western tendrá un duelo final mano a mano entre el bueno y el malo. Esas reglas también se aplican a otros ítems como el vestuario o la puesta en escena: la ropa y las locaciones que se utilizan en El Señor de los Anillos no son compatibles para un policial negro. Entonces, ¿por qué esa búsqueda permanente del asombro como única variable? ¿No es lícito preguntarse, también, si esos espectadores anti spoiler no son subestimados por quienes hacen las películas desde una comodidad acrítica, más cercana a la del fan que a la persona que busca ampliar su percepción antes de arrojarse a vivir una experiencia con detalles que quizás no puedan ser vistos con anterioridad?

Más allá de que las buenas historias son las que soportan el spoiler (ahí está Romeo y Julieta para comprobarlo) no es descabellado pensar que Game Of Thrones puede terminar con quien acceda al trono destruyéndolo, como símbolo de todos los males del mundo, tal como ocurrió en la trilogía de El Señor de los Anillos. Y esta suposición para nada descabellada tiene que ver con las leyes del fantasy y con ninguna otra cosa más. Si se da, sepan que quien escribió estas líneas no tuvo acceso ni al guión ni conoce a ninguno de los actores. Y que considera a GOT como una obra maestra. Como bien cantó Gustavo Cerati, “Nada me importa más que hacer el recorrido, más que saber a dónde voy”.   


 

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