Hambre de Lobo
hace 16 meses.

Así se llama la biografía de Gustavo Fernández, "el lobito" que acaba de llevarse nuevamente la copa de Roland Garros en Tenis Adpatado.


En 2014, cuando Del Potro fue eliminado del abierto de Australia, los medios argentinos titularon (palabras mas, palabras menos) que "ya no quedaba ningún argentino en Australia". La respuesta, un tanto irónica, llegó en forma de twit de la mano de un chico de 20 años que arrastraba 17 medallas y acababa de clasificarse para la final de tenis adaptado.

"No me eliminen antes de Jugar", escribió simplemente Gustavo Fernández. Dos días después se coronaba campeón en Melbourne. La anécdota de Australia en una muestra de la poca visibilidad que tienen los deportes adaptados en nuestro país. Desapercibidos para los medios y muchas veces para los sponsors, la brecha es aún mayor cuando se comparan los premios entre una y otra categoría.  

Por eso, la copa que "el lobito" Fernández levantó este fin de semana en las canchas de París significa mucho más que otro Grand Slam en su carrera. Es un triunfo del esfuerzo sobre la adversidad, de la garra que le puso este chico de Río Tercero que al año y medio sufrió un infarto en la médula que lo dejó parapléjico. 


Hoy tiene  25 años, 23 títulos y es número uno del mundo. Una biografía reciente, con prólogo de Rafael Nadal, lo retrata desde el título: Hambre de Lobo. 


Acá, un extracto del Primer Capítulo:  Así lo quiso el destino


"Aparentaba ser un día más, como cualquier otro, sin demasiado alboroto. Como en tantos momentos libres, en los que no había entrenamientos, charlas tácticas ni partidos en el club Atenas, la mañana del lunes 29 de mayo de 1995, Gustavo Ismael Fernández y Juan Espil combinaron para ir juntos a tomar unos mates al parque Sarmiento, un pulmón verde ubicado a pocas cuadras del microcentro de la ciudad de Córdoba. Destacados basquetbolistas del popular equipo verdiblanco, tenían hijos chicos, de edades similares: Juan Manuel y Gustavo Esteban, los pequeños varones del Lobo Fernández; Stephanie y Sofía, las niñas de Espil. Los chicos disfrutaban corriendo, andando en bicicleta y alimentando a los patos que vivían en la laguna artificial que serpenteaba todo ese escenario arbolado. (...)

Cuando luego del paseo los tres Fernández regresaron al departamento, la esposa de Gustavo y mamá de sus hijos, Nancy Fiandrino, ya tenía preparada la comida. Después del almuerzo, Gustavo y los nenes se quedaron en el living y Nancy se dirigió a la cocina para lavar y ordenar los platos y los cubiertos. Gustavo se acomodó en el sillón y encendió la TV con el control remoto. Juan se sentó sobre el piso de parquet y tomó un libro de cuentos. Y Gusti, que ya era sumamente travieso con tan solo un año y medio (había empezado a caminar a los ocho meses, igual que el padre), se había colocado una pequeñísima silla de plástico azul en medio de la sala. Se paraba sobre ella y se arrojaba al suelo, se paraba sobre ella y se arrojaba al suelo, se paraba y se arrojaba, y así una y otra vez, una y otra vez. Hasta que luego de uno de esos movimientos bruscos algo inexplicable sucedió. Quedó tumbado en cuatro patas, absorto, sin quejarse, pero sin poder moverse. Como si estuviera aturdido por una explosión. Paralizado."

(Hambre de Lobo está escrito por Sebastian Torok, periodista de La Nación, y editado por Ediciones B.) 


 

 

 

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